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Mi viaje por Polonia: Campos de concentración de Auschwitz y Birkenau

Como os prometí, aquí os traigo otra entrada en relación al viaje que hace unas semanas hice a Polonia. En la primera entrada os hablé de Varsovia y hoy nos desplazamos unos cuantos kilómetros en dirección a Cracovia para parar en los desgraciadamente famosos campos de concentración de Auschwitz y Birkenau. Debo reconocer que jamás me imaginé visitando estos lugares, pero como amante de la historia que me considero, no pude dejar pasar la oportunidad al encontrarme en Polonia. ¿Me dio un poco de miedo enfrentarme a las visitas? Pues sí, para qué os voy a engañar, más que nada porque soy una persona muy impresionable y sensible, pero también soy de las que piensa que la historia se tiene que conocer tal y como fue, con sus luces y sus sombras para entenderla. La verdad es que, pese a mis reticencias iniciales, la visita a los campos de concentración resultó instructiva e interesante y por supuesto, sobrecogedora. Nunca he podido comprender cómo se pudieron cometer semejantes barbaridades, pero después de haber caminado por las calles arenosas de los campos, de haberme enterado de las torturas terribles a las que fueron sometidos los prisioneros, la gran mayoría judíos, lo único que no puedo dejar de preguntarme es... ¿Cómo hemos acabado haciéndonos esto los unos a los otros? ¿Dónde ha ido a parar la humanidad? 

Nuestra excursión comenzó en Cracovia, en la que pasamos un fin de semana. El tour, en español, salía de un céntrico punto de la ciudad a una hora muy temprana de la mañana. Primer acierto del día: la guía que nos tocó sabía muchísimo del tema, explicaba las cosas de una forma muy clara y detallada y parecía disfrutar mucho de poder compartir sus conocimientos con nosotros. 
Auschwitz es un sitio muy visitado y lo pudimos comprobar cuando al llegar vimos las grandes colas que había esperando por conseguir una entrada. Como nosotras íbamos con guía, no tuvimos que esperar y entramos en el campo para iniciar una visita de unas tres horas. Lo primero que se ve y que ya de por sí impone es la puerta de entrada al campo. Antes de continuar, un apunte para los despistados: el campo de Concentración de Auschwitz fue concebido y construido como campo de exterminio por el ejército alemán nazi tras la invasión de Polonia en 1939. Las cifras relacionadas al número de muertos son difusas porque los alemanes falseaban muchas veces los datos y los certificados de defunciones, pero se calcula que 1.100.000 prisioneros murieron entre sus paredes
Como digo, impresiona la frase que está escrita en la puerta de entrada al campo. "El trabajo os hará libres", una metáfora que viene a decir que aquel que entrara en el campo no iba a salir de él con vida. 
La visita está muy bien concebida. Visitamos varios museos, que están construidos dentro de los propios barracones. Dentro de estos museos es donde se encuentra quizá la mayor colección de objetos y vestigios que los prisioneros dejaron atrás en el campo. La parte más impresionante y sobrecogedora de la visita se encuentra en alguna de estas salas: una enorme habitación vacía solo con una cristalera a través de la que pueden verse montañas y montañas de pelo de hombres, mujeres y niños. Por respeto no se puede hacer fotos y aunque se pudiera yo no creo que me hubiera atrevido. Por el contrario, sí que se pueden fotografiar otras cosas, como las salas llenas de maletas de los prisioneros, los zapatos, los objetos de higiene personal, montones de prótesis y gafas... Debo reconocer que ver todas estas cosas me provocó un poco de agobio y que estuve a punto de salir a que me diera un poco el aire. 




La visita continuó por las afueras del campo hasta que llegamos a lo que más miedo me daba: la cámara de gas. No os puedo decir la sensación que me embargó cuando entré dentro, pero fue una mezcla de tristeza, miedo y rabia. Si sufrís de claustrofobia a lo mejor os da un poco de mal rollo entrar, pero es algo que se ve en cinco minutos (¡Por qué se iba a necesitar más!) y una vez que lo hayáis hecho estaréis pensando en ello todo el día. 

La segunda parte de la visita fue el campo de Birkenau, que está al lado del de Auschwitz. Es más abierto que el anterior y la mayor parte de la visita es al aire libre. Este es un campo de trabajo, pero vamos, que a la hora de la verdad era un campo de exterminio como el anterior. La guía nos contó que muchos prisioneros morían de frío o de golpes de calor porque, por ejemplo, los alemanes colocaban los baños al otro lado del campo (son 2 kilómetros de ancho), por lo que si un prisionero quería utilizarlo tenía que atravesar el exterior a temperaturas de quince grados bajo cero o más. Fue aquí donde también me enteré de algo que hoy por hoy me tiene alucinada y muy cabreada: yo ya sabía que durante el régimen nazi muchas empresas colaboraron con él, pero no sabía los nombres de esas empresas. Pues bien, la guía nos contó que Hugo Boss hizo los trajes de los nazis y que Adiddas neumáticos para los tanques y otros vehículos de guerra. Lo más impresionante de esto es que a día de hoy, estas empresas siguen pagando una especie de cuota económica por su vinculación con el ejército alemán nazi. En el caso de Adiddas, quiso desquitarse de esa cuota alegando que ya no fabrica neumáticos, pero le ha salido el tiro por la culata. Su nombre estará siempre vinculado al exterminio. 



Y hasta aquí esta segunda entrada. Muchos pensarán que es una locura visitar estos lugares, pero como he dicho anteriormente, es necesario que conozcamos la historia tal como fue, que seamos conscientes de los errores que se cometieron para no volverlos a cometer en un futuro. 
Os prometo que la próxima entrada sobre el viaje será mucho más agradable aunque... ¡no es apta para personas claustrofóbicas!


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